Son muy pocos los hombres que viven sin preocuparse por el
día de mañana. Si nos inquietamos por lo que vendrá después de un día de
veinticuatro horas, con mayor razón habremos de preocuparnos por lo que será de
nosotros después del extraordinario día de la vida, puesto que ya no se trata
de algunos minutos sino de la eternidad. ¿Viviremos o no viviremos? No hay
término medio; es una cuestión de vida o de muerte, ¡se trata de la suprema
alternativa!... Si interrogáramos el sentimiento íntimo de la casi universalidad
de los hombres, todos responderán: “Viviremos”. Esa esperanza es para ellos un
consuelo. No obstante, una reducida minoría se esfuerza, y especialmente de
algún tiempo a esta parte, en demostrarles que no vivirán. No se puede negar
que esa escuela ha hecho prosélitos, principalmente entre aquellos que,
temerosos de la responsabilidad del porvenir, encuentran más cómodo gozar del
presente, sin obligaciones y sin perturbarse con la perspectiva de las
consecuencias. Con todo, esa es la opinión de una minoría. Si hemos de vivir,
¿cómo lo haremos? ¿En qué condiciones estaremos? Aquí los sistemas varían de
acuerdo con las creencias religiosas y filosóficas. No obstante, todas las
opiniones sobre el porvenir de los hombres pueden reducirse a cinco alternativas
principales, que pasaremos a analizar sintéticamente a fin de que la
comparación sea más fácil y le permita a cada uno escoger con conocimiento de
causa aquella que le parezca más racional y que mejor responda a sus
aspiraciones personales y a las necesidades de la sociedad. Esas cinco
alternativas son las que resultan de las siguientes doctrinas: el materialismo,
el panteísmo, el deísmo, el dogmatismo y el espiritismo.
I. Doctrina materialista
La inteligencia del hombre es una propiedad de la materia;
nace y muere con el organismo. El hombre no es nada ni antes ni después de la
vida corporal. Consecuencias. Dado que el hombre sólo es materia, los goces
materiales son lo único real y deseable; los afectos morales no tienen
porvenir; la muerte quiebra de modo irreparable los lazos morales; no existe
compensación para las miserias de la vida; el suicidio se convierte en el fin
racional y lógico de la existencia ante la perspectiva de una vida de
padecimientos irremediables; resulta inútil todo empeño para vencer las malas
inclinaciones; cada uno debe vivir para sí mismo, lo mejor posible, mientras
esté aquí; es una estupidez molestarse y sacrificar el reposo y el bienestar a
causa del prójimo, es decir, a causa de seres que a su vez serán aniquilados y
a los que nadie volverá a ver; no vale la pena preocuparse por deberes sociales
que no tienen fundamento, ya que el bien y el mal son meras convenciones; por
último, el freno social se reduce a la fuerza material de la ley civil. Nota.
Tal vez no será inútil recordar aquí, a nuestros lectores, algunos pasajes de
un artículo que hemos publicado sobre el materialismo en la Revista Espírita de
agosto de 1868. “Exhibiéndose como no lo había hecho en ninguna otra época, y
presentándose como el supremo regulador de los destinos de la humanidad, el
materialismo ha tenido el efecto de atemorizar a las masas en virtud de las
consecuencias inevitables de sus doctrinas sobre el orden social. Por eso mismo
ha provocado, a favor de las ideas espiritualistas, una enérgica reacción que
debe probarle que está lejos de captar las simpatías generales como supone, y
que se engaña notablemente si espera imponer algún día sus leyes al mundo. ”Por
cierto, las creencias espiritualistas del pasado no satisfacen a este siglo; no
están en el nivel intelectual de nuestra generación; en muchos puntos se hallan
en contradicción con los datos concretos de la ciencia; dejan en el espíritu
ideas incompatibles con la necesidad de lo positivo que predomina en la
sociedad moderna; por otra parte, incurren en el grave error de imponerse por
la fe ciega y de proscribir el libre examen. No cabe duda de que a eso se debe
el desarrollo de la incredulidad en el mayor número. Es muy evidente que si los
hombres fuesen alimentados, desde la infancia, solamente con ideas que pudieran
ser confirmadas con posterioridad por la razón, no habría incrédulos. ¡Cuántas
personas, que han sido encaminadas de nuevo a la creencia por medio del
espiritismo, nos han dicho: ‘Si siempre nos hubiesen presentado a Dios, al alma
y a la vida futura de un modo racional, jamás habríamos dudado!’. ”Por el hecho
de que un principio reciba una aplicación mala o falsa, ¿se concluye de ahí que
deba ser rechazado? Eso sucede con las cosas espirituales al igual que con la
legislación de todas las instituciones sociales: es necesario adaptarlas a los
tiempos, so pena de que sucumban. Sin embargo, en vez de presentar algo mejor
que el viejo espiritualismo, el materialismo ha preferido suprimir todo. Eso lo
dispensaba de investigar y resultaba más cómodo para aquellos a quienes
incomoda la idea de Dios y del porvenir. ¿Qué pensaríamos de un médico que al
descubrir que el régimen de un convaleciente no es lo bastante sustancioso para
su temperamento, le prescribe que no coma absolutamente nada? ”Lo que más nos
sorprende, al ver a la mayoría de los materialistas de la escuela moderna, es
el espíritu de intolerancia llevado hasta sus últimos límites, ¡precisamente en
ellos, que reivindican sin cesar el derecho a la libertad de conciencia!...
”En este momento, de parte de cierto partido, hay una
oposición furiosa contra las ideas espiritualistas en general, entre las cuales
se halla naturalmente incluido el espiritismo. Lo que ese partido pretende no
es un Dios mejor y más justo, sino el Dios materia, menos molesto, porque no
hay que rendirle cuentas. Nadie niega a ese partido el derecho de tener su
opinión y de discutir las opiniones contrarias, pero lo que no se le debería
conceder es la pretensión -al menos singular en hombres que se erigen en
apóstoles de la libertad- de impedir que los otros crean a su manera y discutan
las doctrinas que no comparten. Intolerancia por intolerancia, no vale más la
una que la otra...”
II.
Doctrina panteísta
El principio inteligente o alma, independiente de la
materia, es extraído del todo universal en el nacimiento; se individualiza en
cada ser durante la vida, y cuando sobreviene la muerte vuelve a la masa común,
como las gotas de lluvia vuelven al océano. Consecuencias. Sin individualidad y
sin conciencia de sí mismo, es como si el ser no existiera. Las consecuencias
morales de esta doctrina son exactamente las mismas que las de la doctrina
materialista. Nota. Cierto número de panteístas admite que el alma, extraída
del todo universal en el nacimiento, conserva su individualidad durante un
tiempo indefinido, y solamente vuelve a la masa después de que ha llegado a los
últimos escalones de la perfección. Las consecuencias de esta variedad de
creencia son absolutamente las mismas que las de la doctrina panteísta
propiamente dicha, ya que es por completo inútil que alguien se entregue al
trabajo de adquirir algunos conocimientos cuya conciencia habrá de perder al
aniquilarse después de un tiempo relativamente corto. Si el alma, en general,
se resiste a admitir semejante concepción, ¿cuánto más penosamente afectada
habrá de sentirse al saber que el momento en que llegue al conocimiento y a la
perfección supremos, será también el momento en que quedará condenada a perder
el fruto de todos sus esfuerzos, pues perderá su individualidad?
III.
Doctrina deísta
E1 deísmo comprende dos categorías muy distintas de
creyentes: los deístas independientes y los deístas providenciales. Los
primeros creen en Dios; admiten todos sus atributos como creador. Dios -dicen
ellos- ha establecido las leyes generales que rigen el universo; no obstante,
una vez creadas, esas leyes funcionan por sí solas, y aquel que las promulgó no
se ocupa de nada más. Las criaturas hacen lo que quieren o lo que pueden, sin
que Él se inquiete. No hay providencia. Visto que Dios no se ocupa de nosotros,
no hay que agradecerle ni pedirle nada. Los que niegan la intervención de la
providencia en la vida del hombre son como niños que se consideran
suficientemente juiciosos para liberarse de la tutela, de los consejos y de la
protección de sus padres, o que piensan que estos no deberían ocuparse de ellos
a partir del momento en que los ponen en el mundo. Con el pretexto de
glorificar a Dios, demasiado grande -alegan- para rebajarse hasta sus
criaturas, hacen de Él un gran egoísta y lo rebajan al nivel de los animales
que abandonan a sus crías a las fuerzas naturales. Esa creencia es resultado
del orgullo; siempre la idea de que estamos sometidos a un poder superior hiere
el amor propio, y entonces procuran liberarse de él. Mientras algunos niegan
por completo ese poder, otros consienten en reconocer su existencia, pero lo
condenan a la nulidad. Existe una diferencia esencial entre el deísta independiente,
del cual acabamos de hablar, y el deísta providencial. En efecto, este último
cree no sólo en la existencia y en el poder creador de Dios desde el origen de
las cosas, sino que también confía en su intervención permanente en la Creación,
de modo que dirige a Él sus plegarias, a pesar de que no admite el culto
exterior ni el dogmatismo actual.
IV.
Doctrina dogmática
El alma, independiente de la materia, es creada en ocasión
del nacimiento de cada ser; sobrevive y conserva su individualidad después de
la muerte, momento a partir del cual su suerte queda determinada en forma
irreversible; sus progresos ulteriores son nulos y, por consiguiente, tanto en
lo intelectual como en lo moral será por toda la eternidad lo que era durante
la vida. Dado que los malos son condenados a castigos perpetuos e irremisibles
en el Infierno, el arrepentimiento se torna completamente inútil para ellos;
pareciera así que Dios se niega a concederles la posibilidad de que reparen el
mal que han hecho. Los buenos son recompensados con la visión de Dios y la
contemplación perpetua en el Cielo. Los casos que puedan merecer el Cielo o el
Infierno por toda la eternidad quedan sometidos a la decisión y al juicio de
hombres falibles, a los cuales les es dado absolver o condenar. (Nota. Si en
contra de esta última proposición se alegara que Dios juzga en última
instancia, podríamos preguntar qué valor tiene la decisión enunciada por los
hombres, ya que puede ser revocada.) Separación definitiva y absoluta de los
condenados y de los elegidos. Inutilidad de los socorros morales y del consuelo
para los condenados. Creación de ángeles o almas privilegiadas, exentos de todo
trabajo para llegar a la perfección, etc., etc. Consecuencias. Esta doctrina
deja sin solución los graves problemas siguientes:
1. º ¿De dónde provienen las disposiciones innatas,
intelectuales y morales, que hacen que los hombres nazcan buenos o malos,
inteligentes o idiotas?
2. º ¿Cuál es la suerte de los niños que mueren a temprana
edad? ¿Por qué van ellos hacia la vida bienaventurada sin el trabajo al que los
otros quedan sometidos durante largos años? ¿Por qué son recompensados sin que
hayan podido hacer el bien, o son privados de una felicidad perfecta sin que
hayan hecho el mal?
3. º ¿Cuál es la suerte de los cretinos y los idiotas que no
tienen conciencia de sus actos? 4.º ¿Dónde está la justicia de las miserias y
las enfermedades de nacimiento, dado que no son el resultado de ningún acto de
la vida presente?
5. º ¿Cuál es la suerte de los salvajes y de todos los que
mueren forzosamente en el estado de inferioridad moral en que han sido
colocados por la naturaleza misma, si no les es dado que progresen con
posterioridad?
6. º ¿Por qué razón Dios crearía unas almas más favorecidas
que otras?
7. º ¿Por qué llama Él prematuramente hacia sí a los que
habrían podido mejorarse si hubieran vivido más tiempo, visto que no les está
permitido progresar después de la muerte?
8. ° ¿Por qué Dios ha creado ángeles que llegaron a la
perfección sin trabajo, mientras que otras criaturas son sometidas a las más
duras pruebas, en las que tienen mayores probabilidades de sucumbir que de
salir victoriosas? etc., etc.
V. Doctrina
espírita
E1principio inteligente es independiente de la materia. El
alma individual preexiste y sobrevive al cuerpo. El punto de partida es el
mismo para todas las almas, sin excepción: todas son creadas simples e
ignorantes y sujetas al progreso indefinido. No hay criaturas privilegiadas y
más favorecidas que otras; los ángeles son seres que llegaron a la perfección
después de haber pasado, como las demás criaturas, por todos los grados de
inferioridad. Las almas o Espíritus progresan más o menos rápidamente, en
virtud de su libre albedrío, mediante el trabajo y la buena voluntad.
La vida espiritual es la vida normal; la vida corporal es
una fase temporaria de la vida del Espíritu, durante la cual este se reviste
momentáneamente de una envoltura material, de la que se despoja en ocasión de
la muerte. El Espíritu progresa en el estado corporal y en el estado
espiritual. El primero es necesario para el Espíritu hasta que haya alcanzado
cierto grado de perfección. En ese estado se desarrolla mediante el trabajo al
que lo someten sus propias necesidades, y adquiere conocimientos prácticos
especiales. Dado que una sola existencia corporal es insuficiente para que
adquiera todas las perfecciones, el Espíritu vuelve a tomar un cuerpo tantas
veces como le sean necesarias, y cada vez que lo hace lleva consigo el progreso
que ha realizado en sus existencias anteriores y en la vida espiritual. Cuando
alcanzó en un mundo todo lo que ahí podía obtener, lo deja para ir a otros
mundos más adelantados intelectual y moralmente, cada vez menos materiales, y
así sucesivamente hasta la perfección de que es susceptible la criatura. El
estado feliz o desdichado de los Espíritus es inherente a su grado de adelanto
moral; el castigo que sufren es consecuencia de su obstinación en el mal, de
modo que al perseverar en el mal se castigan a sí mismos. Con todo, la puerta
del arrepentimiento nunca se les cierra, y siempre que lo quieran pueden volver
al camino del bien y realizar, con el paso del tiempo, todos los progresos. Los
niños que mueren en edad temprana pueden ser Espíritus más o menos adelantados,
pues ya han vivido en existencias anteriores, en las que practicaron el bien o
cometieron malas acciones. La muerte no los libra de las pruebas que deben
sufrir y, en el momento oportuno, vuelven a comenzar una nueva existencia en la
Tierra o en mundos superiores, de conformidad con el grado de elevación que
hayan alcanzado. El alma de los cretinos y de los idiotas es de la misma
naturaleza que la de cualquier otro encarnado; su inteligencia suele ser
superior, y sufren por la deficiencia de los medios de que disponen para relacionarse
con sus compañeros de existencia, así como los mudos sufren porque no pueden
hablar. Eso se debe a que han abusado de su inteligencia en vidas anteriores, y
han aceptado voluntariamente la situación de impotencia en que se encuentran,
para expiar el mal que han practicado, etc., etc.
Obras Póstumas - Allan Kardec