viernes, 30 de septiembre de 2016

Las cinco alternativas de la humanidad



Son muy pocos los hombres que viven sin preocuparse por el día de mañana. Si nos inquietamos por lo que vendrá después de un día de veinticuatro horas, con mayor razón habremos de preocuparnos por lo que será de nosotros después del extraordinario día de la vida, puesto que ya no se trata de algunos minutos sino de la eternidad. ¿Viviremos o no viviremos? No hay término medio; es una cuestión de vida o de muerte, ¡se trata de la suprema alternativa!... Si interrogáramos el sentimiento íntimo de la casi universalidad de los hombres, todos responderán: “Viviremos”. Esa esperanza es para ellos un consuelo. No obstante, una reducida minoría se esfuerza, y especialmente de algún tiempo a esta parte, en demostrarles que no vivirán. No se puede negar que esa escuela ha hecho prosélitos, principalmente entre aquellos que, temerosos de la responsabilidad del porvenir, encuentran más cómodo gozar del presente, sin obligaciones y sin perturbarse con la perspectiva de las consecuencias. Con todo, esa es la opinión de una minoría. Si hemos de vivir, ¿cómo lo haremos? ¿En qué condiciones estaremos? Aquí los sistemas varían de acuerdo con las creencias religiosas y filosóficas. No obstante, todas las opiniones sobre el porvenir de los hombres pueden reducirse a cinco alternativas principales, que pasaremos a analizar sintéticamente a fin de que la comparación sea más fácil y le permita a cada uno escoger con conocimiento de causa aquella que le parezca más racional y que mejor responda a sus aspiraciones personales y a las necesidades de la sociedad. Esas cinco alternativas son las que resultan de las siguientes doctrinas: el materialismo, el panteísmo, el deísmo, el dogmatismo y el espiritismo. 

I. Doctrina materialista 
La inteligencia del hombre es una propiedad de la materia; nace y muere con el organismo. El hombre no es nada ni antes ni después de la vida corporal. Consecuencias. Dado que el hombre sólo es materia, los goces materiales son lo único real y deseable; los afectos morales no tienen porvenir; la muerte quiebra de modo irreparable los lazos morales; no existe compensación para las miserias de la vida; el suicidio se convierte en el fin racional y lógico de la existencia ante la perspectiva de una vida de padecimientos irremediables; resulta inútil todo empeño para vencer las malas inclinaciones; cada uno debe vivir para sí mismo, lo mejor posible, mientras esté aquí; es una estupidez molestarse y sacrificar el reposo y el bienestar a causa del prójimo, es decir, a causa de seres que a su vez serán aniquilados y a los que nadie volverá a ver; no vale la pena preocuparse por deberes sociales que no tienen fundamento, ya que el bien y el mal son meras convenciones; por último, el freno social se reduce a la fuerza material de la ley civil. Nota. Tal vez no será inútil recordar aquí, a nuestros lectores, algunos pasajes de un artículo que hemos publicado sobre el materialismo en la Revista Espírita de agosto de 1868. “Exhibiéndose como no lo había hecho en ninguna otra época, y presentándose como el supremo regulador de los destinos de la humanidad, el materialismo ha tenido el efecto de atemorizar a las masas en virtud de las consecuencias inevitables de sus doctrinas sobre el orden social. Por eso mismo ha provocado, a favor de las ideas espiritualistas, una enérgica reacción que debe probarle que está lejos de captar las simpatías generales como supone, y que se engaña notablemente si espera imponer algún día sus leyes al mundo. ”Por cierto, las creencias espiritualistas del pasado no satisfacen a este siglo; no están en el nivel intelectual de nuestra generación; en muchos puntos se hallan en contradicción con los datos concretos de la ciencia; dejan en el espíritu ideas incompatibles con la necesidad de lo positivo que predomina en la sociedad moderna; por otra parte, incurren en el grave error de imponerse por la fe ciega y de proscribir el libre examen. No cabe duda de que a eso se debe el desarrollo de la incredulidad en el mayor número. Es muy evidente que si los hombres fuesen alimentados, desde la infancia, solamente con ideas que pudieran ser confirmadas con posterioridad por la razón, no habría incrédulos. ¡Cuántas personas, que han sido encaminadas de nuevo a la creencia por medio del espiritismo, nos han dicho: ‘Si siempre nos hubiesen presentado a Dios, al alma y a la vida futura de un modo racional, jamás habríamos dudado!’. ”Por el hecho de que un principio reciba una aplicación mala o falsa, ¿se concluye de ahí que deba ser rechazado? Eso sucede con las cosas espirituales al igual que con la legislación de todas las instituciones sociales: es necesario adaptarlas a los tiempos, so pena de que sucumban. Sin embargo, en vez de presentar algo mejor que el viejo espiritualismo, el materialismo ha preferido suprimir todo. Eso lo dispensaba de investigar y resultaba más cómodo para aquellos a quienes incomoda la idea de Dios y del porvenir. ¿Qué pensaríamos de un médico que al descubrir que el régimen de un convaleciente no es lo bastante sustancioso para su temperamento, le prescribe que no coma absolutamente nada? ”Lo que más nos sorprende, al ver a la mayoría de los materialistas de la escuela moderna, es el espíritu de intolerancia llevado hasta sus últimos límites, ¡precisamente en ellos, que reivindican sin cesar el derecho a la libertad de conciencia!...
”En este momento, de parte de cierto partido, hay una oposición furiosa contra las ideas espiritualistas en general, entre las cuales se halla naturalmente incluido el espiritismo. Lo que ese partido pretende no es un Dios mejor y más justo, sino el Dios materia, menos molesto, porque no hay que rendirle cuentas. Nadie niega a ese partido el derecho de tener su opinión y de discutir las opiniones contrarias, pero lo que no se le debería conceder es la pretensión -al menos singular en hombres que se erigen en apóstoles de la libertad- de impedir que los otros crean a su manera y discutan las doctrinas que no comparten. Intolerancia por intolerancia, no vale más la una que la otra...”

II. Doctrina panteísta
El principio inteligente o alma, independiente de la materia, es extraído del todo universal en el nacimiento; se individualiza en cada ser durante la vida, y cuando sobreviene la muerte vuelve a la masa común, como las gotas de lluvia vuelven al océano. Consecuencias. Sin individualidad y sin conciencia de sí mismo, es como si el ser no existiera. Las consecuencias morales de esta doctrina son exactamente las mismas que las de la doctrina materialista. Nota. Cierto número de panteístas admite que el alma, extraída del todo universal en el nacimiento, conserva su individualidad durante un tiempo indefinido, y solamente vuelve a la masa después de que ha llegado a los últimos escalones de la perfección. Las consecuencias de esta variedad de creencia son absolutamente las mismas que las de la doctrina panteísta propiamente dicha, ya que es por completo inútil que alguien se entregue al trabajo de adquirir algunos conocimientos cuya conciencia habrá de perder al aniquilarse después de un tiempo relativamente corto. Si el alma, en general, se resiste a admitir semejante concepción, ¿cuánto más penosamente afectada habrá de sentirse al saber que el momento en que llegue al conocimiento y a la perfección supremos, será también el momento en que quedará condenada a perder el fruto de todos sus esfuerzos, pues perderá su individualidad?

III. Doctrina deísta
E1 deísmo comprende dos categorías muy distintas de creyentes: los deístas independientes y los deístas providenciales. Los primeros creen en Dios; admiten todos sus atributos como creador. Dios -dicen ellos- ha establecido las leyes generales que rigen el universo; no obstante, una vez creadas, esas leyes funcionan por sí solas, y aquel que las promulgó no se ocupa de nada más. Las criaturas hacen lo que quieren o lo que pueden, sin que Él se inquiete. No hay providencia. Visto que Dios no se ocupa de nosotros, no hay que agradecerle ni pedirle nada. Los que niegan la intervención de la providencia en la vida del hombre son como niños que se consideran suficientemente juiciosos para liberarse de la tutela, de los consejos y de la protección de sus padres, o que piensan que estos no deberían ocuparse de ellos a partir del momento en que los ponen en el mundo. Con el pretexto de glorificar a Dios, demasiado grande -alegan- para rebajarse hasta sus criaturas, hacen de Él un gran egoísta y lo rebajan al nivel de los animales que abandonan a sus crías a las fuerzas naturales. Esa creencia es resultado del orgullo; siempre la idea de que estamos sometidos a un poder superior hiere el amor propio, y entonces procuran liberarse de él. Mientras algunos niegan por completo ese poder, otros consienten en reconocer su existencia, pero lo condenan a la nulidad. Existe una diferencia esencial entre el deísta independiente, del cual acabamos de hablar, y el deísta providencial. En efecto, este último cree no sólo en la existencia y en el poder creador de Dios desde el origen de las cosas, sino que también confía en su intervención permanente en la Creación, de modo que dirige a Él sus plegarias, a pesar de que no admite el culto exterior ni el dogmatismo actual.

IV. Doctrina dogmática
El alma, independiente de la materia, es creada en ocasión del nacimiento de cada ser; sobrevive y conserva su individualidad después de la muerte, momento a partir del cual su suerte queda determinada en forma irreversible; sus progresos ulteriores son nulos y, por consiguiente, tanto en lo intelectual como en lo moral será por toda la eternidad lo que era durante la vida. Dado que los malos son condenados a castigos perpetuos e irremisibles en el Infierno, el arrepentimiento se torna completamente inútil para ellos; pareciera así que Dios se niega a concederles la posibilidad de que reparen el mal que han hecho. Los buenos son recompensados con la visión de Dios y la contemplación perpetua en el Cielo. Los casos que puedan merecer el Cielo o el Infierno por toda la eternidad quedan sometidos a la decisión y al juicio de hombres falibles, a los cuales les es dado absolver o condenar. (Nota. Si en contra de esta última proposición se alegara que Dios juzga en última instancia, podríamos preguntar qué valor tiene la decisión enunciada por los hombres, ya que puede ser revocada.) Separación definitiva y absoluta de los condenados y de los elegidos. Inutilidad de los socorros morales y del consuelo para los condenados. Creación de ángeles o almas privilegiadas, exentos de todo trabajo para llegar a la perfección, etc., etc. Consecuencias. Esta doctrina deja sin solución los graves problemas siguientes:
1. º ¿De dónde provienen las disposiciones innatas, intelectuales y morales, que hacen que los hombres nazcan buenos o malos, inteligentes o idiotas?
2. º ¿Cuál es la suerte de los niños que mueren a temprana edad? ¿Por qué van ellos hacia la vida bienaventurada sin el trabajo al que los otros quedan sometidos durante largos años? ¿Por qué son recompensados sin que hayan podido hacer el bien, o son privados de una felicidad perfecta sin que hayan hecho el mal?
3. º ¿Cuál es la suerte de los cretinos y los idiotas que no tienen conciencia de sus actos? 4.º ¿Dónde está la justicia de las miserias y las enfermedades de nacimiento, dado que no son el resultado de ningún acto de la vida presente?
5. º ¿Cuál es la suerte de los salvajes y de todos los que mueren forzosamente en el estado de inferioridad moral en que han sido colocados por la naturaleza misma, si no les es dado que progresen con posterioridad?
6. º ¿Por qué razón Dios crearía unas almas más favorecidas que otras?
7. º ¿Por qué llama Él prematuramente hacia sí a los que habrían podido mejorarse si hubieran vivido más tiempo, visto que no les está permitido progresar después de la muerte?
8. ° ¿Por qué Dios ha creado ángeles que llegaron a la perfección sin trabajo, mientras que otras criaturas son sometidas a las más duras pruebas, en las que tienen mayores probabilidades de sucumbir que de salir victoriosas? etc., etc.

V. Doctrina espírita
E1principio inteligente es independiente de la materia. El alma individual preexiste y sobrevive al cuerpo. El punto de partida es el mismo para todas las almas, sin excepción: todas son creadas simples e ignorantes y sujetas al progreso indefinido. No hay criaturas privilegiadas y más favorecidas que otras; los ángeles son seres que llegaron a la perfección después de haber pasado, como las demás criaturas, por todos los grados de inferioridad. Las almas o Espíritus progresan más o menos rápidamente, en virtud de su libre albedrío, mediante el trabajo y la buena voluntad.
La vida espiritual es la vida normal; la vida corporal es una fase temporaria de la vida del Espíritu, durante la cual este se reviste momentáneamente de una envoltura material, de la que se despoja en ocasión de la muerte. El Espíritu progresa en el estado corporal y en el estado espiritual. El primero es necesario para el Espíritu hasta que haya alcanzado cierto grado de perfección. En ese estado se desarrolla mediante el trabajo al que lo someten sus propias necesidades, y adquiere conocimientos prácticos especiales. Dado que una sola existencia corporal es insuficiente para que adquiera todas las perfecciones, el Espíritu vuelve a tomar un cuerpo tantas veces como le sean necesarias, y cada vez que lo hace lleva consigo el progreso que ha realizado en sus existencias anteriores y en la vida espiritual. Cuando alcanzó en un mundo todo lo que ahí podía obtener, lo deja para ir a otros mundos más adelantados intelectual y moralmente, cada vez menos materiales, y así sucesivamente hasta la perfección de que es susceptible la criatura. El estado feliz o desdichado de los Espíritus es inherente a su grado de adelanto moral; el castigo que sufren es consecuencia de su obstinación en el mal, de modo que al perseverar en el mal se castigan a sí mismos. Con todo, la puerta del arrepentimiento nunca se les cierra, y siempre que lo quieran pueden volver al camino del bien y realizar, con el paso del tiempo, todos los progresos. Los niños que mueren en edad temprana pueden ser Espíritus más o menos adelantados, pues ya han vivido en existencias anteriores, en las que practicaron el bien o cometieron malas acciones. La muerte no los libra de las pruebas que deben sufrir y, en el momento oportuno, vuelven a comenzar una nueva existencia en la Tierra o en mundos superiores, de conformidad con el grado de elevación que hayan alcanzado. El alma de los cretinos y de los idiotas es de la misma naturaleza que la de cualquier otro encarnado; su inteligencia suele ser superior, y sufren por la deficiencia de los medios de que disponen para relacionarse con sus compañeros de existencia, así como los mudos sufren porque no pueden hablar. Eso se debe a que han abusado de su inteligencia en vidas anteriores, y han aceptado voluntariamente la situación de impotencia en que se encuentran, para expiar el mal que han practicado, etc., etc.


Obras Póstumas - Allan Kardec

jueves, 22 de septiembre de 2016

El camino de la vida

reencarnacion y camino de la vida

El camino de la vida

 La cuestión de la pluralidad de las existencias ha preocupado a los filósofos desde hace tiempo, y más de uno ha reconocido en la anterioridad del alma la única solución posible para los más importantes problemas de la psicología. Sin ese principio, se han visto obstaculizados a cada paso, acorralados en un callejón sin salida de donde solamente han podido escapar con el auxilio de la pluralidad de las existencias. La mayor objeción que se puede hacer a esa teoría consiste en la falta de recuerdos de las existencias anteriores. En efecto, integrar una sucesión de existencias de las que no se tiene conciencia, abandonar un cuerpo para tomar otro sin la memoria del pasado, equivaldría a la nada, visto que sería la nada en cuanto al pensamiento. Sería una sucesión de nuevos puntos de partida sin conexión con los precedentes; una ruptura incesante de los afectos que constituyen el encanto de la vida presente, así como la más dulce y consoladora esperanza del porvenir. Sería, por último, la negación de toda responsabilidad moral. Semejante doctrina resultaría tan inadmisible y tan incompatible con la justicia de Dios como la de una única existencia cuya perspectiva fuera la eternidad absoluta de las penas, consecuencia de algunas faltas transitorias. Es comprensible, pues, que aquellos que se forman semejante idea de la reencarnación la rechacen; pero no es de ese modo como nos la presenta el espiritismo. La existencia espiritual del alma -nos dice el espiritismo- es su existencia normal, con un recuerdo retrospectivo indefinido [1]. Las existencias corporales sólo son intervalos, breves estaciones en la existencia espiritual, y la suma de todas esas estaciones es una mínima parte de la existencia normal, como si en un viaje de muchos años, cada tanto el viajero se detuviese por algunas horas. Si bien durante las existencias corporales pareciera que existe solución de continuidad debido a la ausencia del recuerdo, la unión se establece en el transcurso de la vida espiritual, que no tiene interrupción. En realidad, la solución de continuidad sólo existe para la vida corporal exterior y de relación; y en ese aspecto la ausencia del recuerdo constituye una prueba de la sabiduría de la Providencia, que de ese modo ha evitado que el hombre se desvíe demasiado de la vida real, donde tiene deberes que cumplir. No obstante, cuando el cuerpo se halla en reposo, durante el sueño [2], el alma levanta vuelo parcialmente, y entonces se restablece la cadena que sólo ha sido interrumpida con la vigilia. Aún se puede hacer una objeción a esto, preguntando qué provecho puede el hombre sacar de sus existencias anteriores para su mejoramiento, dado que no recuerda las faltas que ha cometido. En primer lugar, el espiritismo responde que el recuerdo de las existencias desdichadas, asociado a las miserias de la vida presente, haría que esta última fuese aún más penosa. Por lo tanto, representaría un incremento de sufrimiento que Dios ha querido ahorrarnos. Si así no fuese, ¡cuán grande sería nuestra humillación al pensar en lo que hemos sido! A los efectos de nuestro mejoramiento, aquel recuerdo sería inútil. Durante cada existencia damos algunos pasos hacia adelante, conquistamos algunas cualidades y nos despojamos de algunas imperfecciones. Así, cada una de esas existencias es un nuevo punto de partida, en la que somos tal como nos hemos hecho, en la que nos consideramos por lo que somos, sin la preocupación de lo que hemos sido. Si en una existencia anterior fuimos antropófagos, ¿qué nos importa si ya no lo somos? Si tuvimos un defecto cualquiera del cual no conservamos vestigios, esa es una cuenta saldada que ya no debe preocuparnos. Supongamos, por el contrario, que se trate de un defecto que sólo hemos corregido parcialmente: el resto quedará para la vida siguiente, y nos corresponderá corregirlo en esa ocasión. Tomemos un ejemplo: un hombre ha sido asesino y ladrón, y recibió su castigo tanto en la vida corporal como en la espiritual. Se arrepintió y se corrigió de su primera inclinación, pero no de la segunda. En la existencia siguiente sólo será ladrón; tal vez un terrible ladrón, pero ya no será un asesino. Un paso más adelante y será apenas un ratero; algo más tarde, ya no robará, pero probablemente tenga inclinación hacia el robo, que su conciencia neutralizará. Posteriormente, en un último esfuerzo y habiendo desaparecido todos los rastros de la enfermedad moral, será un modelo de probidad. En ese caso, ¿qué habrá de importarle lo que fue? El recuerdo de haber muerto en el cadalso, ¿no sería para él una tortura, una constante humillación? Aplicad este mismo razonamiento a todos los vicios, a todos los desvíos, y podréis ver cómo se mejora el alma, pasando y volviendo a pasar por los tamices de la encarnación. ¿Acaso Dios no es más justo al determinar que el hombre sea el árbitro de su propia suerte mediante los esfuerzos que puede hacer para mejorarse, en vez de disponer que su alma nazca al mismo tiempo que su cuerpo, para luego condenarla a tormentos perpetuos por errores pasajeros, sin concederle los medios para que se purifique de sus imperfecciones? Con la pluralidad de las existencias, el porvenir está en sus manos. Si emplea mucho tiempo en mejorarse, sufre las consecuencias de ese proceder; en eso consiste la justicia suprema; pero la esperanza jamás se le niega. La siguiente comparación puede ayudar a que se comprendan las peripecias de la vida del alma. Supongamos un camino a lo largo del cual, a intervalos desiguales, se encuentran bosques que es preciso atravesar; a la entrada de cada uno se interrumpe la hermosa y ancha carretera, para continuar a la salida. Un viajero va por ese camino y penetra en el primer bosque. Allí ya no hay un sendero trazado. Por el contrario, se encuentra con un laberinto intrincado en el que se pierde. La luz del sol ha desaparecido en la espesura. Deambula sin saber hacia dónde se dirige. Finalmente, tras una fatiga atroz, llega al extremo del bosque, extenuado, lastimado por las espinas, con contusiones causadas por las piedras. Entonces descubre de nuevo el camino y la luz, y prosigue su trayectoria procurando curarse de sus heridas. Más adelante se topa con un nuevo bosque, donde lo esperan las mismas dificultades. Con todo, como ya tiene algo de experiencia, sale de él menos magullado. En otra ocasión se encuentra con un leñador que le indica la dirección que debe seguir para no desviarse. A cada nueva travesía aumenta su destreza, de modo que traspone cada vez más fácilmente los obstáculos. Convencido de que a la salida encontrará de nuevo el camino iluminado, se apoya en esa certeza. Además, ya sabe orientarse para hallarlo con más facilidad. El camino termina en la cumbre de una montaña altísima, desde donde el viajero observa todo el trayecto que ha recorrido desde el punto de partida. Ve también cada uno de los bosques que atravesó y recuerda las vicisitudes que ha sufrido, pero ese recuerdo no tiene nada de penoso, porque ha llegado al final de su recorrido. Es como un viejo soldado que, en la calma del hogar, rememora las batallas en las que participó. Aquellos bosques extendidos a lo largo de la ruta son para él como puntos negros sobre una cinta blanca, y se dice a sí mismo: “Cuando estaba en medio de aquellos bosques, principalmente en los primeros, ¡qué largas me parecían las travesías! Creía que nunca llegaría a la meta; todo alrededor mío parecía gigantesco e insuperable. Y cuando pienso que sin aquel bondadoso leñador que me puso en el camino correcto, ¡tal vez seguiría en ese lugar! Ahora que contemplo esos mismos bosques desde el punto de vista donde me encuentro, ¡qué pequeños me parecen! Podría trasponerlos con un solo paso; pero además los penetro con la vista y distingo sus mínimos detalles; percibo incluso los pasos en falso que he dado”. Entonces un anciano le dice: “Hijo mío, has llegado al término del viaje; no obstante, un reposo indefinido te ocasionaría un tedio mortal, y pronto echarías de menos las vicisitudes que experimentaste y que mantenían en actividad tus miembros y tu espíritu. Desde aquí ves una gran cantidad de viajeros en el camino que has recorrido, que al igual que tú corren el riesgo de desviarse; tienes experiencia, ya no le temes a nada; ve al encuentro de ellos y procura guiarlos con tus consejos, a fin de que lleguen más pronto”. “Iré con alegría -replica nuestro hombre-; pero te pregunto: ¿por qué no hay un camino directo desde el punto de partida hasta aquí? Eso ahorraría a los viajeros la travesía por aquellos detestables bosques.” “Hijo mío -replica el anciano-, presta atención y verás que muchos evitan cruzar algunos de esos bosques; son los viajeros que han adquirido antes la experiencia necesaria, y que por eso saben tomar un camino más directo y más corto para llegar hasta aquí. No obstante, esa experiencia es fruto del trabajo que le impusieron las primeras travesías, de tal modo que sólo han llegado hasta aquí por sus propios méritos. ¿Qué sabrías, tú mismo, si no hubieses pasado por allá? La actividad que debiste desplegar y los recursos de la imaginación que necesitaste para abrirte camino, acrecentaron tus conocimientos y desarrollaron tu inteligencia; sin eso serías tan inexperto como cuando estabas en el punto de partida. Además, mientras procurabas liberarte de las dificultades, has contribuido al mejoramiento de los bosques que atravesaste. Lo que hiciste fue poca cosa, casi imperceptible; piensa, sin embargo, en los miles de viajeros que hacen otro tanto y que, al mismo tiempo que trabajan para sí mismos, trabajan sin percibirlo para el bien común. ¿No es justo que reciban el salario de sus pesares con el reposo de que gozan aquí? ¿Qué derecho tendrían a ese reposo si no hubieran hecho nada?” “Padre mío -responde el viajero-, en uno de esos bosques encontré a un hombre que me dijo: ‘En los confines de este lugar hay un inmenso abismo que es preciso trasponer de un solo salto; entre mil, apenas uno lo consigue; todos los demás caen a un precipicio donde hay una hoguera encendida y se pierden inevitablemente’. No he visto ese abismo”. “Hijo mío, ese abismo no existe, pues de lo contrario sería una celada abominable, tendida a todos los viajeros que vienen hacia acá.
Sé muy bien que deben allanar dificultades, pero también sé que tarde o temprano las superarán. Si yo hubiese creado dificultades para uno solo, a sabiendas de que sucumbiría, habría cometido una crueldad, que sería aún más terrible si afectara a la mayoría de los viajeros. Ese abismo es una alegoría, cuya explicación vas a recibir. Mira el camino y observa los intervalos de los bosques. Entre los viajeros, ves que algunos avanzan con paso lento y semblante jovial; observa aquellos amigos que se han perdido de vista en los laberintos del bosque: ¡qué felices se sienten de haberse encontrado de nuevo a la salida! Pero a la par de ellos existen otros que se arrastran penosamente; están estropeados e imploran la compasión de los que pasan, dado que sufren atrozmente a causa de las heridas con que por su propia culpa se han cubierto. Con todo, habrán de curarse, y eso constituirá para ellos una lección de la que extraerán provecho en el bosque siguiente, de donde saldrán menos golpeados. El abismo simboliza los males que experimentan, y al decir que de mil apenas uno lo traspone, aquel hombre tuvo razón, porque la cantidad de los imprudentes es muy elevada; pero se equivocó al decir que aquel que caiga allí no saldrá más. Para llegar hasta mí siempre hay una salida. Ve, hijo mío, ve a mostrar esa salida a los que están en el fondo del abismo; ve a amparar a los heridos de la ruta y a enseñar el camino a los que se pierden en los bosques.” E1 camino es el símbolo de la vida espiritual del alma, en cuyo transcurso esta es más o menos feliz. Los bosques son las existencias corporales, en las que ella trabaja para su adelanto, al mismo tiempo que para la obra general. El viajero que llega a la meta y vuelve para prestar ayuda a los rezagados simboliza a los ángeles de la guarda, los misioneros de Dios, que se sienten felices al verlo, pero que también continúan activos para hacer el bien y obedecer al supremo Señor.


Obras Póstumas – El camino de la vida - Allan Kardec
[1] Véase el Libro de los Espíritus, Capítulo VII – Retorno a la vida corporal - Olvido del pasado
[2]Véase el Libro de los Espíritus, Capítulo VIII– Emancipación del alma - El sueño y los sueños