La vida futura ha dejado de ser un problema. Se trata de un hecho constatado a través de la razón y de la demostración por casi la totalidad de los hombres, puesto que quienes lo niegan constituyen apenas una ínfima minoría, a pesar del alboroto que pretenden hacer. No es, pues, la realidad de la vida futura lo que nos proponemos demostrar aquí, ya que seríamos redundantes y no agregaríamos nada a la convicción general. Admitido ese principio como premisa, lo que nos proponemos es examinar su influencia en el orden social y la moralización, según la manera como es encarado.
Las consecuencias del principio
contrario, es decir, del nihilismo, son también suficientemente conocidas y
comprendidas, por lo que no es preciso desarrollarlas de nuevo. Diremos apenas que,
si estuviese demostrado que la vida futura no existe, la vida presente no
tendría ningún otro objetivo más que la conservación de un cuerpo que mañana,
dentro de una hora incluso, podría dejar de existir, en cuyo caso todo se
habría acabado para siempre. La consecuencia lógica de semejante condición para
la humanidad sería la concentración de todas las ideas en el acrecentamiento de
los goces materiales, sin tomar en cuenta los perjuicios ajenos. ¿Por qué
habría que soportar privaciones, imponerse sacrificios? ¿Qué necesidad habría
de realizar esfuerzos para mejorarse, para corregir los defectos? También sería
absoluta la inutilidad del remordimiento, del arrepentimiento, puesto que nada
se debería esperar. Sería, en fin, la consagración del egoísmo y de esta
máxima: El mundo pertenece a los más fuertes y a los más astutos. Sin la vida
futura, la moral no es más que una simple obligación, un código convencional
impuesto arbitrariamente, sin ninguna raíz en el corazón. Una sociedad fundada
en esa creencia sólo estaría unida por la fuerza, y muy pronto caería en la
disolución.
No puede objetarse que entre los
que niegan la vida futura hay personas honradas, incapaces de ocasionar a
sabiendas algún perjuicio a los demás, y propensas a las mayores devociones.
Digamos, ante todo, que entre muchos incrédulos la negación del porvenir es más
bien presunción, arrogancia, orgullo de ser considerados espíritus fuertes1,
antes que el resultado de una convicción absoluta. En el fuero de sus
conciencias existe una duda que los importuna; por eso procuran reprimirla. Sin
embargo, no es sin segundas intenciones que pronuncian la terrible nada, que
los priva del fruto de todas las actividades intelectuales y destruye definitivamente
los más caros afectos. Muchos de los que se consideran los más fuertes son los
primeros en temblar ante la idea de lo desconocido; por eso mismo, cuando se
aproxima el momento fatal en que deben entrar en eso desconocido, muy pocos son
los que se entregan al último sueño con la firme convicción de que no
despertarán en alguna parte, pues la naturaleza jamás abdica de sus derechos.
Digamos, por lo tanto, que en la
mayoría de las personas la incredulidad es relativa, es decir que, como su
razón no ha sido satisfecha por los dogmas ni por las creencias religiosas, y
no encontraron en ninguna parte con qué llenar el vacío que se produjo en su
interior, han llegado a la conclusión de que no hay nada, a tal punto que
erigieron sistemas para justificar esa negación. Son incrédulos, pues, por
falta de algo mejor. Los incrédulos absolutos son muy raros, si es que existen.
Una intuición latente e
inconsciente del porvenir es capaz, por lo tanto, de detener a muchos de ellos
ante el despeñadero del mal, y podríamos citar una gran cantidad de hechos,
hasta de parte de los más obstinados, que demuestran la existencia de ese
sentimiento secreto que los domina, aunque no lo sepan.
También debemos decir que, sea
cual fuere el grado de la incredulidad, es el respeto humano el que contiene a
las personas de cierta condición social. La posición que ocupan las obliga a
mantenerse en una línea de conducta muy discreta; temen por encima de todo el
desprecio y la indiferencia, que al hacerles perder la consideración del mundo
a raíz del descenso de la categoría en que se encuentran, las privaría de los
goces de que disfrutan; si no siempre son virtuosas, al menos aparentan serlo.
En cambio, aquellos que no tienen ninguna razón para preocuparse con la opinión
ajena, que se burlan del qué dirán -y convengamos en que esos son la mayoría-,
¿qué freno se pueden imponer a los excesos de las pasiones brutales y de los
apetitos groseros? ¿En qué base pueden apoyarse la teoría del bien y del mal,
la necesidad de que ellos reformen sus malas inclinaciones, el deber de que
respeten lo que pertenece a los otros, cuando ellos mismos nada poseen? ¿Cuál
puede ser el estímulo a la honradez para personas a las que se ha persuadido de
que no son más que simples animales? Ahí está la ley -se dice- para
contenerlas; pero la ley no es un código moral que llega al corazón; es una
fuerza que ellas padecen, y que eluden tanto como pueden. Si caen bajo sus
golpes, consideran ese hecho como resultado de la mala suerte o de la torpeza,
a la que tratan de remediar en la primera ocasión.
Los que pretenden que los
incrédulos tienen más mérito en hacer el bien porque no esperan ninguna
recompensa en la vida futura, en la que no creen, se basan en un sofisma
igualmente infundado. También los creyentes alegan que es poco meritorio el
bien practicado con la mirada puesta en las ventajas que puedan recibir. Van
más lejos aún, porque están persuadidos de que el mérito puede ser
completamente anulado de acuerdo con la intención que determine su proceder. La
perspectiva de la vida futura no excluye el desinterés en las buenas acciones,
porque la felicidad que estas proporcionan está, ante todo, subordinada al
grado de adelanto moral. Ahora bien, los orgullosos y los ambiciosos se cuentan
entre los menos favorecidos. Pero los incrédulos que practican el bien, ¿son
tan desinteresados como pretenden? Si no esperan nada del otro mundo, ¿será que
tampoco esperan nada de este? El amor propio, ¿no tendrá algo que ver en este
caso? ¿Serán insensibles a los elogios de los hombres? Si así fuera, tendrían
un grado de perfección raro, y no creemos que haya muchos que sean inducidos a
esto únicamente por el culto de la materia.
Una objeción más seria es la
siguiente: Si la creencia en la vida futura es un elemento moralizador, ¿por
qué los hombres a quienes se predica esa creencia desde que están en la Tierra
siguen siendo malos?
En primer término, ¿quién nos
dice que sin esa creencia no serían peores? No se puede dudar de esto, si
consideramos los resultados inevitables de la popularización del nihilismo. ¿No
se ve, por el contrario, al observar las diferentes graduaciones de la
humanidad, desde los pueblos salvajes hasta los civilizados, que el progreso
intelectual y moral produce la moderación de las costumbres y una idea más
racional de la vida futura? Pero esa idea, todavía muy imperfecta, no ha podido
ejercer la influencia que necesariamente tendrá a medida que sea mejor
comprendida y que se consoliden nociones más exactas sobre el porvenir que nos
está reservado.
Por más firme que sea la creencia
en la inmortalidad, el hombre sólo se preocupa de su alma desde un punto de
vista místico. La vida futura, definida con muy escasa claridad, apenas le
causa una vaga impresión; es una meta que se pierde en la lejanía, y no un
medio, porque cree que la suerte en esa vida está irremediablemente fijada y
porque en ninguna parte le ha sido presentada como progresiva. De ahí concluye
que habrá de ser eternamente aquello que sea al salir de este mundo. Por otra
parte, el panorama que se esboza de la vida futura, las condiciones
determinantes de la felicidad o de la desdicha que en ella se experimentan,
están lejos de satisfacer completamente a la razón, sobre todo en un siglo como
el nuestro, dedicado a la investigación. Además, la vida futura no se vincula
muy directamente a la vida terrestre; entre ambas no existe la solidaridad sino
un abismo, de manera que aquel que se preocupa principalmente con una de ellas,
por lo general pierde de vista a la otra.
Bajo el imperio de la fe ciega,
esa creencia abstracta fue suficiente para las aspiraciones de los hombres, que
entonces se dejaban guiar. Pero hoy, bajo el reinado del libre examen, quieren
conducirse a sí mismos, ver con sus propios ojos y comprender. Aquellas vagas
nociones de la vida futura ya no están a la altura de las nuevas ideas ni se corresponden
con las necesidades creadas por el progreso. Con el desarrollo de las ideas,
todo lo relativo al hombre debe progresar, porque todo se vincula, todo es
solidario en la naturaleza: ciencias, creencias, cultos, legislaciones, medios
de acción. El movimiento hacia adelante es irresistible, porque constituye la
ley inherente a la existencia de los seres. Lo que queda rezagado, por debajo
del nivel social, es dejado a un lado como la indumentaria que ya no sirve, y
acaba por ser arrastrado por el oleaje que crece.
Lo mismo ocurre con las ideas
pueriles sobre la vida futura con las que se contentaban nuestros antepasados.
Persistir en imponerlas en la actualidad equivaldría a fomentar la
incredulidad. Para que sea aceptada por la opinión general y para que ejerza su
influencia moralizadora, la vida futura debe ser presentada con el aspecto de
algo positivo, en cierto modo tangible, capaz de soportar cualquier tipo de
examen, para que satisfaga a la razón y no deje nada en la sombra. En el
momento en que la precariedad de las nociones sobre el porvenir abría una
puerta a la duda y a la incredulidad, nuevos medios de investigación han sido
brindados a los hombres, para que diluciden ese misterio y comprendan la vida
futura en su realidad, en su carácter positivo, en sus íntimas relaciones con
la vida corporal.
¿Por qué, en general, se presta
tan poca atención a la vida futura? Se trata sin embargo de un tema de
actualidad, ya que todos los días miles de hombres parten hacia ese destino
desconocido. Como cada uno de nosotros habrá de dejar este mundo fatalmente, y
como la hora de la partida puede sonar en cualquier momento, parece natural que
nos preocupemos con lo que habrá de sucedernos. ¿Por qué no es así?
Precisamente porque el destino es desconocido, y porque hasta ahora no se ha
tenido forma de conocerlo. La inexorable ciencia llegó para desalojarlo de los
lugares a donde lo habían confinado. ¿Está cerca? ¿Está lejos? ¿Está perdido en
el infinito? Las filosofías del pasado no dan una respuesta porque no saben
nada al respecto. Se dice entonces: “Sucederá lo que tenga que suceder”.
De ahí resulta la indiferencia.
Nos enseñan que seremos felices o desdichados según hayamos vivido bien o mal.
¡Pero eso es tan impreciso! ¿En qué consiste esa felicidad y esa desdicha? El
panorama que nos muestran está de tal modo en desacuerdo con la idea que nos
hacemos de la justicia de Dios, está tan lleno de contradicciones, de
incongruencias y de imposibilidades esenciales, que involuntariamente se presenta
la duda, en caso de que no lo haga la incredulidad absoluta. Además se
considera que los que se han equivocado en relación con los lugares indicados
para las moradas futuras, del mismo modo pueden haber sido inducidos al error
acerca de las condiciones que establecen para la felicidad y para el
sufrimiento. Por otra parte, ¿cómo seremos en ese otro mundo? ¿Seremos seres
concretos o abstractos? ¿Tendremos una forma, una apariencia? Si no tendremos
nada de material, ¿cómo podremos experimentar padecimientos materiales? Si los
dichosos no tuvieran nada que hacer, la ociosidad perpetua sería un suplicio en
vez de una recompensa, a menos que se admita el Nirvana del budismo, que no es
mucho más atrayente que aquella ociosidad.
El hombre sólo se ocupará de la
vida futura cuando vea en ella un fin claramente definido, una situación lógica
que responda a todas sus aspiraciones, que resuelva todas las dificultades del
presente, y cuando esta no le muestre ninguna cosa que la razón no pueda
admitir. Si el hombre se ocupa del día siguiente es porque la vida del día
siguiente está íntimamente ligada a la vida del día anterior; una y otra son
solidarias; él sabe que su posición de mañana dependerá de lo que haga hoy, y
que de lo que haga mañana dependerá su posición al día siguiente, y así
sucesivamente.
Igual será para él la vida
futura, cuando esta ya no se halle perdida en las nebulosas de la abstracción y
sea una actualidad palpable, un complemento necesario de la vida presente, una
de las fases de la vida general, como los días son fases de la vida corporal.
Cuando vea que el presente reacciona sobre el porvenir, por la fuerza de las
circunstancias, y sobre todo cuando comprenda la reacción del porvenir sobre el
presente; cuando, en una palabra, verifique que el pasado, el presente y el
porvenir se eslabonan por una inexorable necesidad, como lo hacen el ayer, el
hoy y el mañana en la vida actual, ¡oh! entonces sus ideas cambiarán por
completo, porque verá en la vida futura no sólo un fin, sino también un medio;
no un efecto lejano, sino actual. Será entonces que, por una consecuencia
absolutamente natural, esa creencia ejercerá una acción preponderante sobre el
estado social y sobre la moralización de la humanidad.
Tal es el punto de vista desde el
cual el espiritismo nos hace considerar la vida futura.
1 Esprit fort: Incrédulo. Persona que se jacta de
no adherir a las ideas aceptadas por la mayoría, especialmente en materia de
religión. (N. del T.)
Obras Póstumas - AK
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